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La Diplomacia Preventiva MultilateralUtilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
Uno de los grandes retos de los organismos internacionales y de los propios Estados es poder prevenir efectivamente a través de medios pacíficos los conflictos y controversias que pudieran atentar contra la paz y seguridad internacionales.
En la incansable búsqueda de medios eficaces para poder consolidar la paz y seguridad, que evidentemente se fortalece a partir de la puesta en vigor de la Carta de San Francisco (1945), es que paulatinamente se ha ido estructurando lo que se ha convenido en denominar diplomacia preventiva.

 
En la actualidad, la función de la diplomacia preventiva, como indica su nombre, consiste en esencia en prevenir: los peligros del enfrentamiento, de las rupturas, y de los “abusos del predominio”. Esta modalidad de diplomacia tiene el firme propósito de convertirse en una herramienta dedicada a erradicar las raíces profundas y, eventualmente complejas, que caracterizan a los conflictos. Como parte prominente de la estrategia de esta diplomacia tiene que irse creando la consciencia de que se deben evitar las actuaciones precipitadas y agresivas.

Para H. Schneider, la solución de conflictos implica algo más que ejecutar efectivas acciones diplomáticas, es imprescindible una consistente tarea que cuestiona a “toda la organización”, las formas de trabajo, la ética y la indelegable eficacia de la cooperación internacional. En la prevención de conflictos, sostiene J. Sedky Lavandero, deben tomarse en cuenta aspectos que corresponden al desarrollo de las naciones, reforzando los pilares que sostienen la paz, como son: el fomento y desarrollo de la democracia, el respeto debido a los derechos humanos, el fomento de la equidad en la distribución de los recursos, elevar consistentemente el nivel educacional, económico y social de la población, también “la creación y fortalecimiento de instituciones”. Asimismo, las organizaciones internacionales y las ONGs deben incrementar el papel de la “sociedad civil”. Tales aspectos suelen contribuir a prevenir el conflicto o, por lo menos, a disminuir su intensidad.

Naturalmente, se trata de “un proceso a largo plazo”, que se aplica en tres áreas: las causas estructurales de los conflictos, la capacidad institucional de tratar las tensiones y la búsqueda de soluciones específicas en el marco de países concretos. De este modo, el asunto principal es fortalecer la paz y la seguridad.

  Para alcanzar el objetivo de la diplomacia preventiva, es decir en esencia “evitar una crisis”, se tendrán en cuenta tres acciones específicas: tratar de establecer un clima de confianza mutua entre las partes en controversia (potenciales, actuales o pasadas), mejorar los sistemas de investigación y reforzar los mecanismos de alerta temprana encargados de determinar la existencia o no de una amenaza para la paz. Si la situación lo requiriera se podría utilizar el despliegue preventivo de las Fuerzas de las Naciones Unidas (conforme a la “Carta de la ONU ”), para evitar ataques fronterizos y prevenir hostilidades, “incluso dentro del propio país”.

Cabe recordar que el término diplomacia preventiva fue acuñado por Dag Hammarskjöld, segundo en ocupar la Secretaría General de la ONU , que en 1960 introdujo este término en el Reporte del Consejo de Seguridad relativo a Sudáfrica. No obstante, la inclusión del concepto efectivamente elaborado de diplomacia preventiva es relativamente reciente, fue mediante el “Programa de Paz” propuesto por el entonces Secretario General de la ONU , Boutros Boutros-Ghali, en 1992, que el concepto  adquirió, consecuentemente, importancia a escala global.
Hay que señalar, por último, que existen dos temas que determinados tratadistas vinculan, de alguna forma, a la diplomacia preventiva, como son: las denominadas “acciones preventivas” y el l lama do “derecho de injerencia”. Este último de decisión colectiva, en los casos de vulneración de la paz y seguridad internacionales, de violaciones a derechos humanos y en atentados contra la democracia. Ambos temas, por sus diferencias esenciales con la diplomacia preventiva serán tratados en artículos posteriores.
 
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El autor es Premio Nacional de Didáctica y Diplomático de carrera.
09/12/2010
Datos adjuntos
Rebuilding Haiti (Reconstruyendo Haiti)Utilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Stan H. Wojewodzki, David Kellog (Editor)
 
Traducción Libre.
 
Querido Lector;
 
A inicios de Junio- seis meses después del temblor que devastó la capital de Haití, Puerto Príncipe- la Comunidad Internacional se reunió en Punta Cana frente a la invitación del Presidente de la República Dominicana, Leonel Fernández, para reafirmar su compromiso político, financiero e institucional con miras a la reconstrucción de la hermana nación.
 
Cuando todo estaba dicho y hecho, treinta y tres delegaciones y las más importantes organizaciones multilaterales, confirieron $11 billones de dólares a favor de Haití, para la reconstrucción a largo plazo. Sin embargo, la Comisión interina encargada de la supervisión de la reconstrucción masiva está enfrentando grandes desafíos en relación a la proyección y recolección de las donaciones. No menos importante que esto son las elecciones presidenciales que se celebrará este Noviembre bajo condiciones de mucha precariedad-a pesar de la mediación de la Organización de Estados Americanos (OEA), el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), y 16,000 pacificadores bajo el marco del Minustah.
 
Nueve meses posteriores al terremoto, cerca del 90% del dinero donado aún no ha sido desembolsado, mientras ciertos expertos recientemente han sugerido que tomará billones de dólares y años solo para remover los escombros.
Desde Punta Cana a Puerto Príncipe, de Santo Domingo a Washington, DC, la sede Latinoamericana de SML Strategic Media, presidida por el director editorial Stan H. Wojewodzki, lleva a cabo entrevistas en profundidad con líderes mundiales y agentes del poder para discutir la situación.
 
Este reporte de ocho páginas incluye los comentarios personales del enviado especial de las Naciones Unidas (ONU), Bill Clinton en la Conferencia, así como los puntos de vista del Presidente Fernández y su homologo haitiano, Presidente René Préval, las entrevistas y comentario del Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA) José Miguel Insulza, el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) Luis Alberto Moreno, los mayores líderes en el área de negocios y expertos internacionales, así como el perfil completo de Edmond Mulet, jefe de la misión de la Ministah.
 
Este reporte intenta ilustrar una imagen más clara de donde se encuentran los esfuerzos de reconstrucción en la actualidad, y lo que se puede vislumbra si la comunidad internacional fracasara colectivamente. Como habrá reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) en Nueva York a finales de septiembre, y con las elecciones de Haití en Noviembre, este reporte asegura a los lectores un tema puntual o de la actualidad y de sumo interés periodístico.
 
www.foreignaffairs.com/about-us/sponsors/rebuilding-haiti
 
Para más información o comentario en este o futuros reportes favor contactar a través de correo electrónico: stanislas@smlstrategicmedia.com; habdank@the-w-group.com o en Twitter: @stanwojew.

Saludos;
 
 
David Kellog
Editor
01/09/2010
La asistencia y protección en la diplomacia de hoy Por Manuel Morales Lama Utilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
En el marco de las relaciones internacionales contemporáneas, las acciones que con más frecuencia ponen a prueba la “vocación de servicio” de los representantes diplomáticos y consulares que las ejercitan, son sin duda las que corresponden a la función de protección, y particularmente lo concerniente a la responsabilidad de dar asistencia y proteger a sus nacionales residentes temporales o permanentes en el Estado receptor, conforme lo establecen los instrumentos jurídicos internacionales y las respectivas legislaciones internas.
La función de protección incluye también, prominentemente, la responsabilidad de salvaguardar, promover y proteger los intereses y derechos del Estado que se representa, que se han establecido como labores fundamentales del Servicio Exterior, y que son más frecuentemente ejecutadas por los agentes diplomáticos, conforme a la naturaleza y alcance de su quehacer.
Si bien, coinciden en afirmar tratadistas contemporáneos, que “los intereses de un Estado no se confunden con los de sus nacionales”, forma parte de las obligaciones de los Embajadores “velar y hacer que se respete la dignidad del país que representan a través de sus nacionales, ya sean individuos o empresas”. Teniendo presente, tal como lo señala D. Antokoletz, que ningún Estado puede verse obligado a defender los intereses de un particular o de una colectividad, en perjuicio de los intereses del país en su conjunto.
La protección es consignada como función esencial de la misión diplomática en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas (Art. 3.1.b). Dicha protección, precisa E. Vilariño, se ejerce tanto en defensa del Estado acreditante, como de sus nacionales, sean personas físicas o jurídicas, también de las naves y aeronaves con pabellón del Estado acreditante. La protección alcanza intereses públicos e intereses particulares. Se podrá proteger asimismo los intereses de aquellos Estados y sus nacionales, naves y aeronaves, respecto a los cuales, y con tal alcance, el Estado acreditante haya asumido su representación internacional ante el Estado receptor, como prevé la citada Convención de Viena (Art. 45 y 46). Recuérdese que históricamente, sin ser nacionales, se extendía la protección a los llamados “protegidos”, cuando en el Estado receptor no existía representación diplomática del Estado de su nacionalidad (que ha sido ejercida por Francia respecto a los católicos, por Rusia respecto a los ortodoxos y por España con respecto a los sefardíes).
Como función diplomática, añade el autor citado, el ejercicio de la protección por el respectivo Estado significa que es realizada habitualmente por una misión diplomática permanente, pero, también, por misiones especiales o por la diplomacia directa, ante las autoridades correspondientes. La protección quedaría excluida como función diplomática cuando es ejecutada por otros medios ante distintas posibles instancias internacionales, bien desde su comienzo, bien como continuación de una primera actuación de la misión diplomática. Los actos ilícitos, sostiene I. Moreno, eventualmente pueden desembocar en una controversia susceptible de dirimirse en tribunales arbitrales internacionales.
La protección consular, consignada en el Convenio de Viena sobre Relaciones Consulares (Art. 5), no se circunscribe únicamente a casos extremos. Abarca una diversidad de servicios brindados a los connacionales, como las tareas de orientación e información y gestiones ante las autoridades locales, entre otras (C. de Icasa).
Los requerimientos para la puesta en práctica de “las acciones internacionales de la protección”, según coinciden tratadistas contemporáneos, son: a) El acto que perjudique al connacional debe ser ilícito con relación al derecho internacional (denegación de justicia, retardo injustificado de su administración, o bien sentencia en contra del Derecho); b) Debe establecerse “el criterio de la nacionalidad efectiva”. Es decir, que exista una relación genuina entre el individuo y el correspondiente Estado. Un Estado no puede proteger a uno de sus nacionales “si éste tiene al mismo tiempo la nacionalidad del Estado culpable del acto ilícito”. Es posible también formular declaraciones en nombre de sociedades que posean la nacionalidad del Estado demandante; y c) Ninguna acción internacional de un Estado, concerniente al ejercicio de la protección será admisible si previamente a la reclamación el particular no ha agotado todos los medios de reparación que le eran ofrecidos por la legislación del Estado en contra del cual la reclamación es presentada.
Esto último no impide que los funcionarios correspondientes no puedan ayudar al connacional visitándolo en prisión, velando por su adecuada defensa o solicitando aclaraciones a las autoridades locales, dentro de los límites permitidos por el derecho internacional (P. Cahier).
Como condición para la protección diplomática, aunque discutible, señala Alonso Gómez-Robledo Verduzco, está la llamada “conducta correcta” por parte del connacional (“clean hands”). Es decir que el connacional no haya provocado por su propio comportamiento el daño que se alega. Esa práctica existe por parte de la mayoría de los Estados, con mayor rigor por Estados Unidos.
Jurídicamente la protección se presenta como un reclamo a “la responsabilidad internacional de los Estados”. El derecho internacional establece tres formas de reparación: la restitución, la indemnización y, por último, la satisfacción.
Obviamente, un Estado no puede pretender proteger a sus nacionales contra la aplicación del derecho interno de otro, si esta aplicación se realiza en igualdad de circunstancias para todos los habitantes de ese país.
Téngase presente, finalmente, que por su complejidad e importancia, las improvisaciones y los desaciertos en este ejercicio, suelen generar perjuicios de imprevisibles consecuencias. Precisiones al respecto, y sobre otros aspectos de interés del tema, se tratarán en posteriores trabajos.
06/11/2009
A propósito de la diplomacia pública Utilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
 
Hablar de diplomacia pública implica reconocer, en el campo de la práctica diplomática contemporánea, un fenómeno específico que surge fundamentalmente como consecuencia de la “generalización” de la cultura democrática, y de los avances tecnológicos y sociológicos de los medios de información y comunicación.
De igual forma han incidido en el surgimiento de la diplomacia pública, entre otros factores, la complejidad creciente del escenario internacional, que se evidencia con la dinámica del denominado “fenómeno de la mundialización”, también con el incremento de la pluralidad en la sociedad internacional, constituida por el nacimiento de nuevos Estados. Asimismo, entre dichos factores se puede identificar el efectivo desarrollo de “poderes transnacionales”, y sobre todo el surgimiento y reconocimiento de nuevos actores distintos a los Estados.
Tal como coinciden en afirmar tratadistas contemporáneos, la diplomacia pública se ha convertido en un factor esencial para la consecución de determinados objetivos de la política exterior y viene a revalorizar la función diplomática de hoy. En esencia la diplomacia pública se refiere a una serie de iniciativas destinadas a influir básicamente en la opinión pública en el exterior, y su labor se extiende también, con sus particulares adecuaciones, al ámbito interno de los respectivos Estados. Su objetivo principal consiste en “construir”, promover y divulgar una adecuada imagen del país, que por supuesto incluye también la proyección de sus valores y la efectiva difusión de sus puntos de vista.
En tal contexto, en el orden práctico, se podría afirmar que la diplomacia pública procura obtener un “capital de simpatía” susceptible de dar eficacia a ciertas acciones de la política exterior. Hoy podría afirmarse que la diplomacia pública alarga, polariza y concede su espectro a “intervenciones” de los Estados, al dirigirse, básicamente a la sociedad civil internacional con el objetivo de obtener empatía y adhesiones hacia una particular causa u orientación, o bien con respecto a un determinado acto o intervención. Igualmente la diplomacia pública podría proponerse influir en la Comunidad Internacional para lograr la aceptación pacífica de una particular “intervención” o participación del país en cuestión, o bien justificar una determinada acción (M.Flor e Almeida).
La diplomacia pública, que tiene entre sus objetivos la mutua comprensión entre las naciones, rompe en cierta forma con el marco tradicional de la práctica diplomática, ampliando los ancestrales límites de ésta y coadyuvando con las acciones propias de la llamada diplomacia clásica. Esta última, conviene recordar, ha sido sometida constantemente a necesarios procesos de actualización, que han permitido su útil vigencia a nivel mundial, y cuya larga y gloriosa historia evidencian su eficaz contribución en la evolución de la sociedad internacional.
El término diplomacia pública fue acuñado por Edmund Gullion, Profesor de Fletcher School of Law and Diplomacy de Tufts University, (Medford, MA, Boston, EEUU). Esta modalidad de diplomacia ha tenido su mayor desarrollo en Gran Bretaña y EEUU. Este último país cuenta hoy, como órgano central para esas gestiones, con la Subsecretaría para la Diplomacia Pública y Asuntos Internacionales, en el Departamento de Estado. En cambio el Reino Unido ha establecido para esos fines un comité, entre cuyas responsabilidades está la de elaborar periódicamente las nuevas estrategias y la evaluación de las existentes, y la debida coordinación de los ejecutores de esa diplomacia en el marco del Foreign Office. No obstante, la diplomacia pública cuenta hoy con muchos otros países que la ponen en práctica como parte de la acción exterior del respectivo Estado. Entre estos países están Alemania, Brasil, Canadá, China, Costa Rica, España, Francia, Israel, México, y Taiwán.
Los proyectos “marca-país” son parte de las estrategias de la diplomacia pública y en el marco del desarrollo de ésta, de la denominada diplomacia cultural. Esta última es un instrumento valioso en el campo de las relaciones exteriores, cuyo propósito está cada vez más explícitamente articulado con los objetivos comerciales, económicos, de desarrollo y cooperación. En el mismo contexto la diplomacia cultural suele actuar como “facilitadora” con respecto al poder blando (Soft Power), potenciando las capacidades del discurso persuasivo y valiéndose para ello de los recursos tecnológicos apropiados. El prestigio cultural de un país se convierte en un componente básico del denominado Soft Power, de importancia fundamental para la construcción de una imagen favorable a los intereses nacionales. En el ámbito internacional el Soft Power tiene su origen en gran medida en los valores que un país expresa de su cultura, en el ejemplo que establece en sus prácticas y políticas internas y en la forma en que maneja sus relaciones con otros Estados (Arrosa Soares /Joseph Nye).
En el ámbito interno de los Estados, la diplomacia pública tiene un rol relevante facilitando a las audiencias locales poder entender los asuntos internacionales y la política exterior mediante el “diálogo público”, que asimismo facilita la capacidad de desarrollo de políticas domésticas y que puede involucrar a segmentos claves de la población y sobre todo permite implementar y desarrollar acciones para fortalecer la aspectos que corresponden a la identidad nacional (A. Gonesh/J. Melissen).
Por último, se podría concluir con una histórica y célebre frase que tangencialmente guarda relación con el texto precedente, que se atribuye a Napoleón Bonaparte: “Hay sin embargo dos poderes en el mundo, la espada y la mente. A largo plazo la espada siempre es vencida por la mente”.
 
 
El autor es Premio Nacional de Didáctica
y diplomático de carrera

 
 

 

08/08/2009
A propósito de negociaciones y tratados Utilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
En virtud de la creciente interdependencia de los Estados, conforme a la actual coyuntura histórica, se ha incrementado la consabida obligación de negociaciones multilaterales (y bilaterales), cuyos entendidos se materializan, generalmente, al adoptar carácter de tratados.
 
En tal sentido, en el marco del procedimiento para la conclusión de un tratado, la negociación es sin duda una fase esencial de la concertación de los tratados que consiste en el conjunto de acciones previas a la redacción del texto de éstos.
 
El objeto de la negociación consiste, generalmente, en lograr acuerdos entre Estados (o entre otros sujetos de derecho internacional) sobre asuntos de interés común. Por cuanto, este procedimiento es determinante para obtener o crear en el orden internacional una acción, una omisión o una relación de dos o más sujetos de derecho internacional.
 
La fase de negociación de un tratado debe ser precedida por el principio de Buena Fe. Se trata de un principio de gran arraigo en el Derecho Internacional. Dada la finalidad que persigue de crear obligaciones de comportamiento en los Estados que participan en negociaciones.
 
En ese contexto, los Estados negociadores "tienen la obligación de comportarse, de tal manera que la negociación tenga sentido. Lo que no sucede cuando una de ellas insiste en su propia posición, sin contemplar modificación alguna" (CIJ). Recuérdese en esa dirección que los Estados al celebrar negociaciones deben evitar incluir cualquier acto tendiente a malograr el objeto del tratado. La validez de un tratado depende básicamente de la capacidad (y consentimiento) de las partes para concertarlo, de que éste sea de objeto y causa lícita, y de posible cumplimiento.
Recuérdese que para la celebración de tratados, el procedimiento establecido internacionalmente comprende las etapas siguientes:
1) En lo externo: la negociación, el proyecto, la redacción del documento definitivo, la firma, el intercambio de las ratificaciones, (o bien el depósito de las ratificaciones, en el caso de un instrumento multilateral) y el registro.
2) En lo interno: la aprobación legislativa, la ratificación por el Poder Ejecutivo y la publicación en la Gaceta Oficial.
 
La avenencia de cualquier tipo de compromisos internacionales (y particularmente de los tratados) debe realizarse conforme a los lineamientos de la política exterior del Estado, cuya formulación y dirección corresponde al Jefe de Estado, quien podrá delegar la tarea de negociarlo y firmarlo en su Ministro de Relaciones Exteriores o en otro de sus Ministros o bien en un agente diplomático dotado de plenos poderes. De acuerdo al principio de unidad de acción exterior y a la consecuente responsabilidad internacional de los Estados, la celebración de tratados se hará bajo la dirección, control o conocimiento del Ministerio de Relaciones Exteriores.
 
A ese propósito una ejecución eficiente del procedimiento para la concertación de tratados, requiere que quienes en ella participan estén en capacidad de manejar con destreza los postulados contenidos en la Convención de Viena sobre Derecho de los Tratados (1969), que es el instrumento jurídico internacional que rige la materia, esencialmente, entre Estados. Asimismo habrán de conocer la Convención de Viena de 1986, que regula todo lo relacionado con los demás instrumentos de carácter internacional (entre Estados y organismos internacionales, o bien entre estos últimos). De igual forma, deben tener dominio pleno de la disciplina denominada derecho de tratados (parte del universo del Derecho Internacional Público), contentiva entre otros relevantes aspectos, de los principios, normas y procedimientos para la conclusión de los tratados. Es evidente, asimismo, que su responsabilidad supone tener sus objetivos bien definidos en función de los intereses nacionales y de la política exterior del Estado cuya representación ostentan.
 
Cabe señalar, que si bien el término genérico comúnmente utilizado para referirse a esta categoría de compromisos de carácter internacional es el de "tratados", éstos pueden asumir diferentes denominaciones de conformidad con determinados aspectos reconocidos por el derecho internacional, sin que ello altere el carácter jurídico o ético de estos actos. En consecuencia, los referidos compromisos internacionales pueden ser denominados: Convenciones, Uniones, Pactos, Alianzas, Acuerdos, Cartas Constitutivas, Actas, Concordatos, entre otros. Cabe señalar, sin embargo, que el término Convención (o Convenio) se suele reservar para el acuerdo Internacional que tiene carácter normativo de índole general, aplicable a un número elevado de Estados.  
 
El autor es Premio Nacional de Didáctica, Diplomático de Carrera y Actual Embajador en Brasil
21/11/2008
La negociación en la acción exterior del Estado Utilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
 
Manuel Morales Lama - 12/5/2008
La negociación como instrumento caracteriza hoy a la diplomacia como distintivo de otros procedimientos de acción exterior, como puede ser el uso de la fuerza. Es el único método conocido mediante el cual un agente diplomático puede hacer valer los derechos e intereses de su país, esforzándose, cuando esto procede, en conciliarlos con los del país receptor. Ciertamente la negociación es parte esencial de toda acción diplomática. No obstante, en la actualidad el concepto negociación tiene una trascendental importancia por sí mismo, por haberse convertido en el procedimiento diplomático por antonomasia, y porque constituye, sin lugar a dudas, la razón de ser del agente diplomático (M. Lage/H. Nicholson).
La negociación internacional tiene por finalidad, entre otros trascendentales asuntos, mantener la paz entre los Estados, haciendo posible el desarrollo de relaciones armoniosas, y promoviendo la cooperación, por medio de la prevención o superación de las controversias y conflictos. Por lo general, esta función diplomática se propone lograr entendidos, que pueden adoptar carácter de tratados, entre los Estados y demás sujetos de derecho internacional, sobre asuntos de interés común.
Recuérdese que la negociación se ha establecido como el primero y más efectivo de los medios para la solución de los conflictos internacionales. Igualmente, se ha convertido en la técnica diplomática esencial para el fomento de los intereses nacionales. En tal contexto, téngase presente que para la obtención de los objetivos de la negociación es indispensable el contacto personal que permita los acomodamientos y los compromisos que conduzcan a un resultado final satisfactorio para todas las partes.
Sin duda, la economía mundial y, en general, el entorno internacional han experimentado enormes transformaciones. Los procesos paralelos de globalización y de crecientes innovaciones tecnológicas han dado lugar a una intensificación de las relaciones entre los distintos miembros de la comunidad internacional, acelerando los esquemas de integración política y económica y multiplicando los marcos normativos y foros de negociación y de consulta internacionales:
“Las grandes transformaciones que estos procesos han generado en el escenario internacional conducen a redefinir la inserción del país en el nuevo sistema mundial y, por ende, a replantear el esquema, en determinada medida, tradicional, para la ejecución de la diplomacia”. Lo que suele garantizar la eficacia de las gestiones en este ámbito son los vastos conocimientos en los asuntos internacionales, constantemente actualizados y, asimismo, la debida experiencia en esta área específica (A. Gurría).
Esta nueva dinámica -añade el autor- ha traído aparejada una mayor complejidad en las negociaciones internacionales. Así, por ejemplo, la creciente especialización y la tendencia hacia un enfoque más interdisciplinario en la labor diplomática como consecuencia de la ampliación y diversificación de los temas de la agenda internacional, coinciden, en forma paradójica, con la creciente dificultad para deslindar las esferas económica, política, jurídica y social en cualquier negociación.
“Es por ello que el perfil del actual negociador diplomático debe incluir, en adición al talento y al profundo conocimiento de la realidad nacional e internacional, una creciente especialización en determinadas áreas.  Asimismo, debe contar en sus  actualizaciones con la reflexión teórica de los académicos en el área, y con la invaluable experiencia práctica de los negociadores profesionales en ejercicio”.
En la actualidad el término negociación tiene dos acepciones: la primera es la discusión de puntos de vista y posiciones para resolver todo tipo de divergencias y llegar a acuerdos. La segunda se refiere al mismo objetivo, con la particularidad de que en las negociaciones intervienen los representantes, debidamente acreditados, de los Estados.
La negociación en este último contexto es permanente y abarca todos los campos posibles de las relaciones interestatales, desde la suscripción de un tratado de paz hasta la adaptación de medidas sanitarias o acuerdos de carácter deportivo y, naturalmente, acuerdos económicos, comerciales, financieros o de carácter político o cultural. Sin embargo, no todas ellas utilizan el canal diplomático, si bien son componentes de la acción exterior del Estado (O. Vizcarra).
Como referencia histórica merece recordarse, finalmente, que el cardenal Richelieu aconsejaba: “Negociar sin cesar, en cualquier lugar, abierta o secretamente, aunque no se reciba un fruto inmediato, aunque el que se pueda alcanzar en lo futuro no sea sino aparente. Es algo absolutamente necesario para el bien de los Estados”.
 
Novedosas gradaciones en los vínculos diplomáticosUtilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
 
Partiendo del hecho de que no podrá establecerse de forma duradera ninguna mejora del entorno internacional sin que se acepten y apliquen los correspondientes ordenamientos de carácter colectivo. En tal contexto, le corresponde a la diplomacia conciliar entre el ejercicio de las prerrogativas nacionales y la necesidad de un orden internacional estable y pluralista (H. Nicholson/A. Plantey).
La actual dinámica de la política internacional, en la que incide evidentemente la creciente interdependencia de los Estados, determina el imprescindible rol de las relaciones diplomáticas contemporáneas y asimismo ocurre con otros nexos generados por la inclusión de nuevos actores en los escenarios internacionales de hoy. 
 En ese sentido, téngase presente que de conformidad con el nivel de los vínculos establecidos entre las diversas “unidades diferenciadas” y el estatus de los actores internacionales que interactúan en estos procedimientos, se han establecido, entre otros esenciales asuntos, gradaciones que van desde la denominada paradiplomacia, continuando con la protodiplomacia, hasta llegar a las relaciones diplomáticas plenas.
En la misma dirección, cabe resaltar que la cada vez más frecuente aceptación de la actividad internacional de gobiernos no centrales ha motivado que determinados autores insistan en denominarla paradiplomacia. Este término específicamente se refiere a las gestiones, procesos y redes a través de los cuales los gobiernos subnacionales buscan establecer entre otros importantes vínculos, contactos de cooperación con gobiernos centrales extranjeros o bien con otros gobiernos subnacionales. Los objetivos de tales actividades allende las fronteras nacionales, suelen ser el comercio exterior, la búsqueda de inversiones, la protección del medio ambiente, los intercambios culturales y el turismo. 
De igual forma sucede con otros asuntos de importancia regional y temas políticos “de segundo nivel”. Dado que la política exterior ha sido históricamente el coto privado del gobierno central, la tensión que se crea entre la diplomacia del gobierno central y la participación internacional de los Estados federados tiende a interpretarse como un síntoma particularmente interesante del dinámico proceso dialéctico de centralización/descentralización de los Estados federales modernos, en el marco del denominado “nuevo federalismo” (J. Kincald). Asimismo, va adquiriendo cada vez mayor aceptación el término protodiplomacia que suele ser utilizado por varios autores para describir gestiones en el extranjero de un gobierno no central y “que ofrece un mensaje, más o menos separatista” (I. Duchacek).
Es decir, son iniciativas y actividades de un gobierno subnacional que aspira a establecerse como Estado plenamente soberano, todo lo cual viene a constituir, eventualmente, el trabajo preparatorio de cara a una futura secesión y al reconocimiento internacional de tal situación.
 Hay que señalar, asimismo, que determinados autores insisten en denominar postdiplomacia a la acción internacional de los “Organismos no Gubernamentales”, puesto que se trata de un proceso cuya lógica conduce, en todos los casos, más allá del Estado-nación moderno, es decir, más allá de la diplomacia. Otro neologismo cuya aceptación todavía es muy cuestionada por los expertos es la l lama da antidiplomacia -término atribuido a Der Derian- que se refiere al siniestro y desestabilizador imperio antisistema internacional de los terroristas “incontrolables”, de los espías “profesionales” y de los empresarios “narcos”. 
Asimismo, resulta interesante, la propuesta, de determinados tratadistas, de inclusión en la teoría de las relaciones internacionales de una polémica diferencia entre política de alto nivel(high politics) únicamente para referirse a los asuntos “nobles” de la política exterior, vale decir: diplomacia, defensa y seguridad, y la política de “segundo nivel” (low politics) que trata los asuntos más pedestres: economía, comercio y bienestar (Iñaki Aguirre).
 Es oportuno recordar entonces que el establecimiento de relaciones diplomáticas, como atributo de soberanía de los Estados, se efectúa por consentimiento mutuo, partiendo del interés recíproco y fundamentándose en el principio de la igualdad jurídica de los Estados. Previo al establecimiento de relaciones de ese carácter, los Estados deben haberse reconocido mutuamente y estar dotados, por supuesto, de la personalidad jurídica internacional y del derecho a la autodeterminación que le confiere su soberanía.
 Cabe puntualizar que el establecimiento de relaciones diplomáticas supone el intercambio de misiones diplomáticas permanentes. Sin embargo, no lo determina necesariamente, puesto que el Derecho de Legación (o de Misión) es facultativo en este sentido. En estos casos habrá que tomar en cuenta la conveniencia de ese intercambio, básicamente en los órdenes: económico, político, jurídico pero también cultural, científico y tecnológico. Incide en la decisión el principio de la reciprocidad.
 Si bien hoy los Estados suelen intercambiar una modalidad de misión diplomática de ancestral origen denominada embajada, su representación ante los organismos internacionales tiene lugar a través de delegaciones (o misiones) permanentes. Una alternativa al envío de la misión diplomática permanente es el establecimiento de nexos que se acuerdan entre Estados a través de un jefe de misión concurrente, generalmente, con el rango de embajador. 
 Como es sabido, éste es un jefe de misión que por razones especiales está acreditado ante dos o más Estados, en la misma región, y tiene su sede en aquél considerado idóneo para sus intereses por el país acreditante. No obstante, debe tomarse en cuenta que existen países que pueden negarse a recibir embajadores concurrentes, y que hay otros que se oponen expresamente a acreditarlos cuando éstos tienen su sede en determinados países que ellos consideran inconvenientes “por razones que no tienen la obligación de explicar”. Este tipo de relación bilateral mantenida mediante embajadores concurrentes es muy limitada, y sólo se justifica entre países cuyos intercambios exceden las posibilidades materiales que demandan las misiones residentes.
Finalmente, cabe resaltar, que las relaciones diplomáticas” facilitan entre otras fundamentales acciones, las negociaciones (en los diversos ámbitos) y el fomento de la cooperación. Conviene recordar, de igual forma, lo esencial que resultan ser las relaciones diplomáticas para la obtención del correspondiente apoyo en aquellas ocasiones en que las naciones requieren el respaldo internacional por diversos motivos. Tal como señala la Corte Internacional de Justicia el régimen de las relaciones diplomáticas viene a ser “un edificio jurídico pacientemente construido por la humanidad en el curso de los siglos, cuya salvaguarda es esencial para la seguridad y bienestar de una comunidad internacional compleja como la actual”
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*El Autor es Diplomático de Carrera
 
La reciprocidad en las relaciones internacionalesUtilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
 
En la actualidad la reciprocidad es considerada un principio universalmente aceptado del derecho internacional de indispensable aplicación en las relaciones internacionales, en virtud del cual, en ausencia de norma aplicable a una materia, o como complemento a una norma existente, un Estado adopta una determinada conducta en respuesta simétrica a la adoptada por otro Estado. (M. Morcillo /A. Plantey)
Así, por ejemplo, cabe recordar que en materia de status diplomático en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas se establece que, respetando las disposiciones del Convenio, pueda un Estado aplicar a otro una interpretación restrictiva del mismo en respuesta a una actitud similar de éste, o puedan aplicarse recíprocamente dos países un trato más favorable en la materia. El principio no puede ser interpretado en el sentido de que una nación, por el hecho de seguir una determinada conducta ante otra, tenga derecho a exigirle un trato paralelo, la interpretación estriba en que un Estado puede rehusar un determinado trato a otro, si éste último no adopta ante el primero una actitud similar a la de éste. En igual dirección se podría afirmar que la reciprocidad es un principio de gran arraigo en el ámbito internacional que permite, en gran medida, que las relaciones diplomáticas sean posibles. Ese principio ha servido de base para la aplicación de los privilegios e inmunidades diplomáticos, para las leyes de la defensa, y asimismo para mecanismos relativos al incumplimiento de disposiciones contenidas en tratados internacionales (Francesco Parisi/Martínez Lage).
En el ámbito político, varios autores citan un acontecimiento histórico de aplicación de la reciprocidad en este marco. Se trata de la suscripción del Acuerdo de Principios Básicos entre el entonces Presidente de Estados Unidos, Richard Nixon y el Presidente de la desaparecida Unión Soviética Leonid Brezhnev, que tuvo lugar en Mayo de 1972, el cual establece que las discusiones y negociaciones con respecto a asuntos pendientes entre Estados Unidos y la Unión Soviética serían llevadas a cabo tomando en cuenta el principio de la reciprocidad y que las partes tratarían de “complacerse” mutuamente con el objetivo de obtener mutuos beneficios.
La reciprocidad es, sin duda, un concepto práctico en las relaciones internacionales. En ese sentido es una acción equivalente que depende de una acción o reacción de otro Estado. La equivalencia no requiere ser absoluta para que halla reciprocidad y en algunos casos es imposible determinar si una acción es exactamente equivalente a la otra. ¿Cómo saber la equivalencia entre la promesa de un Estado de defender a otro frente a un tercer Estado y la autorización del otro Estado a que el primero pueda instalar sus tropas en su territorio?. Es difícil, en ciertos casos, determinar si la acción que es reciprocada es exactamente equivalente con la que se recíproca. El requisito de la equivalencia en la reciprocidad ilustra el hecho de que muchas relaciones en el ámbito internacional no son recíprocas. En ese sentido, determinados autores coinciden en afirmar que históricamente han existido “reclamaciones o exigencias de reciprocidad que pueden ser fraudulentas al estar escondiendo el dominio o la explotación”. Hay que resaltar que en la teoría de las relaciones internacionales la reciprocidad ha sido considerada como un instrumento para lograr el desarrollo de relaciones de mutua confianza y obligaciones recíprocas a largo plazo y un incentivo para el cumplimiento de las normas internacionales. Igualmente, se ha considerado un principio fundamental para la interacción de Estados para el manejo eficaz en casos de crisis. La reciprocidad ha jugado un importante papel en generar cooperación y resolución de conflictos entre Estados. Pero también puede jugar un rol fundamental en la dinámica de un conflicto, pudiendo dar lugar a un ciclo recíproco de violencia dependiendo de la naturaleza de la acción que se recíproca (Anat Niv-Solomon).
En ese contexto, cabe recordar que la cooperación, sostiene Robert O. Keohane, debe respetar el principio de la soberanía de los Estados. Asimismo, la reciprocidad ha sido considerada como una forma adecuada de comportamiento que genera cooperación entre Estados soberanos. Determinados autores han dividido la reciprocidad en específica y difusa. En la específica las obligaciones y los derechos son atribuidos a actores determinados. La difusa conlleva a que se actúe conforme a parámetros de comportamiento generalmente aceptados. La reciprocidad puede tener lugar tanto entre dos Estados, o sea, de manera bilateral o entre más de dos Estados, o sea, de manera multilateral. La reciprocidad implica una acción condicionada que depende de las acciones de los otros.
Finalmente, debe recordarse que la reciprocidad, en modo alguno, podría interpretarse como represalia. Si bien, manejos inexpertos en la aplicación de la reciprocidad pudieran interpretarla y aplicarla, en cierto sentido, de esa forma. Recuérdese que la represalia, conforme lo señala Martínez Morcillo, es una reacción limitada de un Estado contra una determinada conducta de otro Estado que le perjudica, que es contraria al derecho internacional, pero que se presume justificada por la previa violación de ese mismo derecho por el otro Estado. Sin duda la represalia es una reacción contraria al espíritu y esencia de la reciprocidad. En el marco de las relaciones humanas propiamente dichas, existe una dinámica semejante en determinada forma a la reciprocidad. Incluso en el lenguaje coloquial se califica de inconsecuentes a las personas que no actúan conforme a tal dinámica. Naturalmente, por obvias razones, esto último corresponde a otras consideraciones.

El autor es Premio Nacional de Didáctica y diplomático de carrera.
A propósito de la política exterior Utilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
 
Manuel Morales Lama
 
La política exterior suele ser una expresión de la compleja organización que opera en el interior de cada Estado: los propósitos, calidad, y consistencia de objetivos de sus dirigentes, el nivel y solidez de su economía y la estabilidad social con que cuenta, igualmente, el imprescindible pluralismo y firmeza en la opinión pública.
Cada Estado aspira a actuar, conforme a su soberanía, de la manera más libre que puede, en función de una evaluación discrecional de los móviles y de los objetivos de sus actos. A la actuación de uno responderán las acciones de los otros: generalmente conciliación o enfrentamiento de intereses. No obstante, tienden a adaptarse los unos a los otros en una interacción perpetua en la dinámica de la política internacional. Aplicándose a lugares distintos de la escena internacional, una política exterior coherente implica un cuerpo doctrinal que impone una disciplina a las voluntades, ordena las operaciones y las adapta a una consistente finalidad que debe permitir y, más aun, fomentar la convivencia pacífica y la correspondiente cooperación, entre otros esenciales vínculos entre Estados (Barston/Plantey).
Conforme a correspondientes criterios profesionales, en esencia se puede afirmar que es en función de los intereses fundamentales de la nación, y, asimismo, entre otros imprescindibles asuntos, de acuerdo a profundos conocimientos del entorno internacional actual, y, por supuesto, del indispensable cabal conocimiento del propio país, que se suelen establecer los lineamientos y acciones de la política exterior, para cada una de las naciones de la Comunidad Internacional , en lo concerniente a las relaciones bilaterales. Igualmente sucede en las relaciones multilaterales con los organismos de ese carácter y, asimismo, conforme al tema y propósito de éstos y también a la colectividad de países que representan.
Cabe insistir, que aunque desconocedores lo usan como tal, los términos política exterior y política internacional no son sinónimos. El término política internacional se refiere a los procesos de interacción entre los Estados, o entre éstos y los demás sujetos de derecho internacional, que actúan en función de sus intereses en este ámbito y que son controlados por los órganos gubernamentales. En cambio, se entiende por política exterior, conforme se define en la obra del autor, Diplomacia Contemporánea, el conjunto de objetivos (o programas planeados de actividades) que establecen los creadores de decisiones de un Estado con respecto al comportamiento de otros Estados o entidades internacionales, con el propósito de alcanzar metas específicas definidas en términos de los intereses nacionales. Puede incluir además el conjunto de estrategias y técnicas para hacer posible estos objetivos. No obstante, en sentido más riguroso, una política exterior es sólo el conjunto de objetivos, puesto que las estrategias y las tácticas corresponden más exactamente a la diplomacia propiamente dicha. “La diplomacia es el instrumento de ejecución por excelencia de la política exterior” (B. Ruiz).
De acuerdo a la legislación interna de cada país, corresponde al Jefe de Estado (o de Gobierno) la formulación y dirección de la política exterior. Existen, asimismo, dos grupos básicos de ejecutores de la política exterior. El primero de ellos denominado ejecutores centrales está integrado por los Jefes de Estado y los Cancilleres, quienes se auxilian del Ministerio de Relaciones Exteriores respectivo.
Determinados autores incluyen a los parlamentos y a los Primeros Ministros entre los ejecutores centrales. En lo concerniente al parlamento, sus integrantes procuran participar en forma activa y directa en la formulación, incluso en el control de la política exterior. En tal contexto el parlamento desempeñará funciones conforme a lo establecido en la legislación de la nación como: Aprobación de tratados, aprobación de designación de embajadores, “declaración de guerra y negociación de la paz que son los extremos de la acción diplomática clásica”. Igualmente, su participación puede ser indirecta a través del trabajo de las comisiones, del debate plenario y los pedidos escritos de información, entre otras acciones en este ámbito. En cuanto a los Primeros Ministros, su participación tiene lugar en países típicamente parlamentaristas en las que el Jefe de Estado suele tener una intervención limitada en el gobierno de su país.
El segundo grupo está constituido por el servicio exterior cuyos componentes son calificados de ejecutores externos. El servicio exterior de un Estado suele estar integrado por agentes diplomáticos y funcionarios consulares, cuya adecuada selección, debida formación y experiencia en esta área específica son esenciales para la eficaz ejecución de la política exterior y su imprescindible coherencia.
Recuérdese que “frente a la dinámica de la situación mundial, la política exterior de una unidad diferenciada debe además atender al hecho de que el esquema de las relaciones foráneas y la estructura de éste hállanse penetradas o veladas, por individuos y fuerzas de la más variada índole, constituidos también en actores no estatales, cuya acción incide en la política internacional condicionando, incluso en ocasiones, los señalamientos de la política exterior de cada uno de los actores estatales” (Luis Narváez).
Cabe puntualizar, que en la ejecución de la política exterior debe mantenerse una cabal coordinación de modo tal que toda la planeación y las subsiguientes actividades queden dentro de la amplia estructura de las pautas del interés nacional. Aplicando de esta forma el principio de unidad de acción exterior del Estado.

El autor es Premio Nacional de Didáctica y diplomático de carrera.
Ejecutores de la política exteriorUtilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
Si bien el término Embajador es utilizado hoy con diversas acepciones, es en el marco de los vínculos formales que se establecen entre Estados (y de estos con los organismos internacionales) donde tiene una muy precisa significación.
En ese contexto, los Embajadores han sido siempre, y siguen siéndolo hoy, en esencia, enviados, es decir missi. En el ámbito de las relaciones internacionales, desde un punto de vista institucional y académico, el término Embajador debe ser usado para referirse apropiadamente al rango más alto que establece la carrera diplomática.
En un sentido más amplio, el título de Embajador suele tener otras implicaciones, incluso en el campo señalado, algunas de ellas tienen determinadas vinculaciones con el uso citado precedentemente.
No obstante, en un sentido estricto, el uso del rango de Embajador sería sólo apropiado cuando está sustentado en normas convencionales y legislaciones nacionales al respecto, y conforme a los usos establecidos por el Derecho Internacional Público y el Derecho Diplomático.
Se denomina Embajador Extraordinario y Plenipotenciario, en el campo de las relaciones bilaterales, al representante de un Estado, que como tal es acreditado ante otro. Esto sólo puede tener lugar entre países que previamente se han reconocido mutuamente, y que han convenido en establecer relaciones diplomáticas.
Tal categoría de Embajador representa al país que lo envía, con la máxima categoría diplomática, y con la autoridad necesaria para actuar en nombre de su nación, en el Estado receptor. En tal contexto, se conoce como Embajador Concurrente aquél que por razones especiales está acreditado ante dos o más Estados, teniendo su sede en el país considerado más importante para los intereses del Estado acreditante.
En el área de la diplomacia multilateral será designado como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario Representante Permanente, el Jefe de Misión de una Delegación (o Misión) Permanente que se acredita ante la ONU. Mientras que será, únicamente, Embajador Representante Permanente el acreditado ante cada uno de los demás Organismos Internacionales.
De igual forma, el Embajador Representante Alterno es quien ejerce las funciones de Jefe de Misión en un organismo internacional en ausencia o por instrucciones del Jefe de Misión Permanente. En ese ámbito, el Embajador Observador Permanente, es el agente diplomático, Jefe de una Misión Permanente de Observación, acreditado por su país ante un Organismo Internacional del cual no es miembro.
En el marco de la diplomacia ad hoc, es utilizada también la categoría de Embajador. En estos casos al Jefe de la Misión Especial, que es la representación de temporalidad limitada que un Estado acredita ante otro para un cometido preciso, o bien para tratar un asunto determinado, previo acuerdo de los Estados involucrados, puede otorgársele una de las categorías de Embajador establecida para este tipo de funcionarios.
En estos casos, si el funcionario no va a presidir esa Misión con su propio cargo, podrá acreditársele como Embajador Extraordinario en Misión Especial o bien como Embajador At Large. Sólo en misiones cuya gestión tenga lugar en más de un Estado, se designará como Embajador Itinerante. Obviamente, estas designaciones sólo podrán ser utilizadas mientras dure el cometido de tal Misión.
Para la adecuada ejecución de sus responsabilidades, el diplomático de hoy debe ser un genuino representante de su nación, comprometido plenamente en la defensa de los intereses fundamentales de su país, que esté dotado de los indispensables conocimientos en esta área específica, constantemente actualizados, y de la correspondiente experiencia que garantice la eficacia de sus acciones.
Las obligaciones básicas del Embajador de hoy, con las debidas adecuaciones a los requerimientos contemporáneos, continúan siendo: la negociación (que constituye la función por excelencia de su ejercicio); la protección de los intereses y los nacionales del país que representa; la observación e información (que incluye el análisis político) y la representación.
Igualmente corresponden a sus responsabilidades el desarrollo de relaciones económicas y comerciales; culturales y científicas, así como el fomento de relaciones amistosas y sobre todo de la cooperación, entre otras relevantes acciones en el marco de la ejecución de la política exterior del Estado.
Cabe insistir, finalmente, conforme sostiene E. Satow, que la diplomacia es la aplicación de la inteligencia, el sentido común y del tacto a la conducción de las relaciones oficiales que se establecen entre los Estados.
La negociación en la conciliación de interesesUtilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
En el ámbito de las relaciones diplomáticas, la negociación, en forma somera, podría definirse como las discusiones entre representantes acreditados de dos o más Estados para alcanzar objetivos concretos. Evidentemente toda negociación, en este medio, debe tener como premisa esencial la voluntad política de las partes para negociar, y llegar a un resultado final satisfactorio.
Téngase presente que las negociaciones, en este medio, son el instrumento esencial para prevenir o solucionar situaciones conflictivas o bien controversiales. En la actualidad pueden encaminarse a concluir compromisos internacionales, a establecer normas internacionales, a incrementar el entendido político, económico, jurídico, social entre los gobiernos, o bien a afianzar sus relaciones amistosas. La negociación, cabe insistir, como actividad formal, nace y se desarrolla en el ejercicio diplomático, y es hoy el procedimiento diplomático por antonomasia, que facilita llegar a un resultado final satisfactorio por medio de la conciliación de intereses.
En el ámbito bilateral la negociación tiene la finalidad de crear o modificar una acción u omisión de la otra parte, buscando hacer prevalecer el punto de vista del mandante y puede, si es el caso materializarse con la suscripción de un instrumento jurídico internacional. Mientras que la negociación en el ámbito multilateral se desarrolla en los diferentes foros que existen y en las reuniones que se realizan por voluntad de las partes. La Convención de Viena sobre Representación de los Estados en sus Relaciones con las Organizaciones de Carácter Universal, regula este tema en cuyos considerandos se reconoce la importancia de la diplomacia multilateral y su contribución al fomento de la amistad y cooperación entre los Estados, sean cuales fueren sus sistemas políticos, económicos y sociales (O. Vizcarra).
Naturalmente, la dinámica del trabajo del negociador diplomático de hoy, en modo alguno, puede estar reñida con la necesaria firmeza en la defensa de los intereses del propio Estado, pero siempre ésta debe ser realizada con el tacto y la altura requeridos, cuando ello corresponda. Lo que suele garantizar la eficacia de las gestiones en este ámbito, en adición al “respeto escrupuloso y constante de las reglas que presiden el desarrollo de las relaciones entre los miembros de una comunidad internacional tan compleja como la actual” (CIJ), son los vastos conocimientos en los asuntos internacionales, constantemente actualizados y, asimismo, la debida experiencia en esta área específica. Esto permite el manejo, con la destreza y eficacia requeridos, de los principios, normas y procedimientos, que rigen este ejercicio. Indiscutiblemente que en este procedimiento prevalece la forma oral sobre la escrita, por su naturaleza. 
En el mismo contexto se puede afirmar que la negociación, sin duda, es la actividad diplomática por excelencia que tiene la finalidad de llegar a entendidos aproximando las posiciones de los diferentes sujetos de derecho internacional implicados en el proceso. En ese sentido, los puntos básicos para el éxito de la negociación han sido consignados por varios actores, entre ellos prominentemente Pérez de Cuéllar, y son los siguientes: a) Conocimiento profundo del problema y de la posición propia, lo que permite establecer sus fortalezas y sus debilidades b) Evaluar con el máximo rigor y con objetividad la posición ajena y encontrar los puntos de coincidencias, las posiciones de intransigencia y los posibles puntos de concesión c) Elaborar un plan de desarrollo de la negociación que, además de la exposición de la propia posición incluya los argumentos de la contraparte. d) Permanente intercambio de información con su Cancillería a fin de aclarar, actualizar, y reorientar las instrucciones y destacar toda mala interpretación o error. Demostrar conocimientos, suficiencia, veracidad, confianza y respaldo político de su Gobierno.
Finalmente cabe señalar que en el ámbito de la globalización -sostiene J. Zarco-, las negociaciones internacionales se han convertido en uno de los procedimientos que mayor interés ha despertado. Esto se debe a la trascendencia de los temas que recientemente han estado sujetos a procesos de esa naturaleza. En el campo económico, las negociaciones de carácter internacional han adquirido una relevancia sin precedente, sobre todo en el caso de países que han otorgado alta prioridad a la consecución de sus objetivos de desarrollo y crecimiento económico, y consecuentemente a su vinculación económica con el exterior, para lo cual la negociación es un instrumento insustituible.
El autor es Premio Nacional de Didáctica, Diplomático de Carrera, y actual embajador en Brasil
Papel de la negociación en la gestión diplomática Utilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
La diplomacia es “el arte de saber negociar entendidos en forma precisa y ratificante y no el arte de la conversación”. Ha sido a través de procesos negociadores como los Estados han acordado las condiciones de su coexistencia y han tratado de limitar el efecto de ruptura jurídica que entraña la guerra, entre otros esenciales asuntos (Nicholson/McCover/ Plantey). De hecho, la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas ha establecido la negociación como una de las funciones fundamentales de la misión diplomática.
Recuérdese que en este medio la negociación suele encaminarse a concluir compromisos internacionales, a establecer normas de ese carácter, a incrementar el entendido político, económico, jurídico, social, entre los gobiernos o también a consolidar sus relaciones amistosas y, sobre todo, es el medio indispensable para prevenir o solucionar situaciones conflictivas o bien controversiales en este ámbito.
El negociador diplomático, en adición a la requerida capacidad, talento y fiel compromiso con los intereses fundamentales del Estado que representa, debe poseer naturalmente un profundo conocimiento de la realidad nacional e internacional. Se le debe exigir, asimismo, una creciente especialización en determinadas áreas indispensables para su ejercicio profesional. De igual manera, debe contar en sus permanentes actualizaciones, con la rigurosa reflexión teórica de los académicos (en propiedad), y de la imprescindible experiencia práctica de los negociadores profesionales en ejercicio. En su calidad de representante de un Estado, el negociador diplomático debe estar atento a todas las posibles interpretaciones de su comportamiento. Consciente, por supuesto, de que es el representante de una “entidad original” frente a interlocutores, a los cuales habrá de reconocerles el mismo carácter, y a cuya dignidad tiene que mostrarse atento.
Ser negociador diplomático implica una disposición especial, que el agente en cuestión debe perfeccionar, no sólo analizando sus puntos de vista, sino variando la perspectiva desde otras posiciones, incluyendo la contraria, lo que le permitirá visualizar líneas intermedias que le ofrezcan opciones ventajosas. Todo ello teniendo presente que para lograr su objetivo final debe estar preparado para exponer adecuadamente sus argumentos y asimismo “para persuadir, convencer, ceder y conceder para obtener” (O. Vizcarra). Es preciso que el negociador esté alerta no solamente a la táctica del adversario, sino también del “complicado mecanismo” de las operaciones efectuadas por terceros países, que sin ser contraparte, tengan interés en la negociación en cuestión y pretendan influir en sus resultados.
En el universo del derecho internacional, la negociación es el más antiguo y frecuentemente utilizado de los métodos de arreglo pacífico, de hecho el Art. 33 de la Carta de las Naciones Unidas establece como uno de los medios de solución pacífica de los conflictos internacionales, en primer lugar a la negociación (arreglo directo), seguida de los buenos oficios, la mediación, la conciliación, y el arbitraje, todos los cuales son, por cierto, modalidades de la negociación.
En el derecho de tratados, la negociación es la fase esencial de la concertación de los tratados, que consiste en el conjunto de acciones previas a la redacción del texto de éstos, y que en la actualidad tiene lugar entre Estados o bien entre éstos y otros sujetos de derecho internacional (con capacidad para ello), o también entre estos otros sujetos.
Téngase presente, que la negociación puede ser oficial u oficiosa, de acuerdo a que los representantes actúen formalmente o no en nombre de sus respectivos Estados, “la primera compromete a su actor y a su Mandatario, mientras que la segunda informa sin comprometer”. Igualmente, una negociación confidencial o secreta es la que sea oficial u oficiosa-  compromete a las partes a mantener en reserva su objetivo y desarrollo. Es privada la que se efectúa al margen de toda relación oficial y puede servir para preparar negociaciones oficiales, oficiosas o confidenciales.  Se clasifica asimismo, de conformidad con su forma, en verbal, escrita y mixta (J. Pérez de Cuellar).       
Cabe señalar que por ser la negociación la técnica esencial para el fomento de los intereses nacionales y el medio más eficaz para la consecución de los objetivos de la política exterior de los Estados, se ha convertido en el procedimiento esencial del ejercicio de la diplomacia, que permite a los representantes de los Estados prestar notables servicios a su nación.
El autor es Premio Nacional de Didáctica,
diplomático de carrera
Política exterior y diplomaciaUtilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
La política exterior es hoy una expresión de la compleja organización que opera en el interior de cada Estado: los propósitos y calidad de sus dirigentes, el nivel de su economía y la estabilidad social con que cuenta, de igual forma, el pluralismo y firmeza en la opinión pública. Una parte importante de la actividad internacional de los Estados tiende a la estabilidad de las relaciones entre las naciones. Sin embargo, estos vínculos no dejan de modificarse. De esta evolución permanente y – a veces imprevisible – surge para cada gobierno una serie de obligaciones de actuar y reaccionar, que en conjunto constituyen hoy, en gran medida, su política exterior (P. Cahier/J.Plano).
  Sin duda – sostiene Alan Plantey – la política exterior es activa, voluntaria y reflexiva según las épocas y los países, pero evidentemente compuesta por actuaciones, es decir, por un conjunto de decisiones y de actos que se proponen adaptar el comportamiento del país a las necesidades o a las oportunidades del entorno.
  Cada Estado – añade el autor – aspira a actuar de la manera más libre que puede, en función de una evaluación discrecional de los móviles y de los objetivos de sus actos. A la actuación de uno responderán las acciones de los otros: conciliación o enfrentamiento de intereses, pero que sin embargo tienden a adaptarse los unos a los otros en una interación perpetua en la dinámica de la política internacional. De lo que se puede colegir que aplicándose a lugares distintos de la escena internacional, una política exterior coherente implica un cuerpo doctrinal que impone una disciplina a las voluntades, ordena las operaciones y las adapta a una finalidad coherente que debe permitir la convivencia pacífica entre las naciones.
  Como evidente consecuencia de haber desaparecido "el mito del secreto de Estado", con el que solía evadirse el tratamiento de temas como el de la política exterior, hoy se pueden analizar sin limitación alguna sus fundamentos, finalidad y estrategias, que aunque con ciertas particularidades son aplicables (o deberían serlo) a todas las "unidades diferenciadas", que interactúan en la denominada política internacional. 
  Téngase presente que aunque desconocedores lo usan como tal, los términos política exterior y política internacional no son sinónimos.  El término política internacional se refiere a los procesos de interacción entre los Estados, o entre éstos y los demás sujetos de derecho internacional, que actúan en función de sus intereses políticos y que son controlados por los órganos gubernamentales.  En cambio, se entiende por política exterior, el conjunto de objetivos (o programas planeados de actividades) que establecen los creadores de decisiones de un Estado con respecto al comportamiento de otros Estados o entidades internacionales, con el propósito de alcanzar metas específicas definidas en término de los intereses nacionales. Puede incluir además el conjunto de estrategias y técnicas para hacer posible estos objetivos. No obstante, en sentido más riguroso, una política exterior es sólo el conjunto de objetivos, puesto que las estrategias y las tácticas corresponden más exactamente a la diplomacia propiamente dicha.
  La política exterior comprende un proceso dinámico de aplicación de interpretaciones (relativamente determinadas) de los intereses nacionales a los factores propios del ámbito internacional, que con el propósito de desarrollar un proyecto de actividades, puede sufrir grandes fluctuaciones, seguido de los intentos necesarios para lograr una aplicación diplomática de las directrices de la política.  Sin embargo -sostiene Luis Narváez Rivadeneira-, habrá de tomarse en cuenta que "frente a la dinámica de la situación mundial, la política exterior de una unidad diferenciada debe además atender al hecho de que el esquema de las relaciones foráneas y la estructura de éste hállanse penetrados o velados, por individuos y fuerzas de la más variada índole, constituidos también en actores no estatales, cuya acción incide en la política internacional condicionando, incluso en ocasiones, los señalamientos de la política exterior de cada uno de los actores estatales".
  Conviene recordar, como referencia práctica, que de acuerdo a la legislación interna de cada país, corresponde al Jefe de Estado (o de Gobierno) la formulación y dirección de la política exterior. En tal contexto, “la diplomacia es el instrumento de ejecución de la política exterior del Estado” (B. Ruiz S.).
  Cabe señalar, que en la ejecución de la política exterior debe mantenerse una cabal coordinación de modo tal que toda la planeación y las subsiguientes actividades queden dentro de la amplia estructura de las pautas del interés nacional. Aplicando de esta forma con toda propiedad el imprescindible principio de unidad de acción exterior del Estado.
A Propósito del Ejercicio de la DiplomaciaUtilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
En  el escenario internacional actual la política exterior  constituye una manifestación de las prerrogativas fundamentales de los Estados. A la Diplomacia , como canal ejecutor de la política exterior, le corresponde armonizar el ejercicio de las prerrogativas nacionales “con los propósitos y aspiraciones de estructurar y preservar un orden internacional justo y equitativo”, por demás estable y pluralista. Un rasgo peculiar de la diplomacia consiste en tener en cuenta tanto la imagen, prestigio e intereses propios, como los del otro, tomarlos en consideración, respetarlos e integrarlos convenientemente en los conceptos correspondientes de comunicación y acción. Naturalmente,  las relaciones diplomáticas tienen una “intensidad e intimidad variable”, y su avance descansa básicamente en el respeto mutuo de la dignidad de cada uno. (R.Barston/A. Plantey).
 
Las funciones del embajador, ha sostenido Callières, podían reducirse a dos principales: “Una consistente en tratar los asuntos de su mandatario y la otra en descubrir los de los demás”. Entonces era “el Embajador de Su Majestad”. Empero, actualmente, las funciones del embajador titular de las misiones y delegaciones, evolucionan de acuerdo con los intereses y necesidades del Estado al que representa.  Más que actividades protocolares, existen prominentemente funciones de carácter económico (comercial y financiero) y también científico y cultural.
 
Sea cual fuere su punto de aplicación, conforme lo señala la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, las funciones de una misión diplomática pueden agruparse en cuatro grandes categorías: Representación, Observación e Información, Protección (de los intereses y los nacionales del país que representa) y Negociación (función por antonomasia de este ejercicio). En cuanto al desarrollo de relaciones amistosas y fructíferas, y al imprescindible fomento de la cooperación, éstas suelen ser, el objetivo, o la consecuencia, del conjunto de tales actividades.
 
Considerada “la primera y más antigua” de las funciones de la misión, la Representación consiste, conforme al Tratado de Viena, en representar al Estado que acredita a un embajador ante el Estado receptor: Es una manifestación de la comunicación diplomática oficial. Para su desempeño es esencial ser un genuino representante de la nación acreditante, comprometido plenamente con los intereses  de esa nación.  
 
Conforme lo señala la citada Convención de Viena, los miembros del personal diplomático de la misión tendrán, en principio, la nacionalidad del Estado acreditante. Los miembros del personal diplomático de la misión no podrán ser elegidos entre los que tengan la nacionalidad del Estado receptor, excepto con el consentimiento de ese Estado, “que podrá retirarlo en cualquier momento”. El Estado receptor tiene el mismo derecho respecto a los nacionales de un tercer Estado que no sean también nacionales del Estado acreditante.
 
La aceptación del Estado receptor de tales excepciones, (y que en ocasiones se aplica también a residentes legales en su territorio), generalmente conlleva a una limitación, o negativa, de los privilegios e inmunidades correspondientes, lo que limita el ámbito de su representación. Salvo conocidas excepciones de Estados que por motivos especiales así se hacen representar.
Tanto tales casos, como otros que pudieran requerir para la aceptación del “enviado” una particular cortesía, incluso tolerancia, de parte de los Estados receptores, conforme coinciden en afirmar tratadistas contemporáneos, constituyen un factor innecesario de concesión, que bien podría aprovecharse en otros aspectos “más convenientes y beneficiosos” para los intereses del Estado acreditante, y, por supuesto, para la adecuada recepción de las gestiones y acciones propias de la responsabilidad de su representante. Empero, en principio, cada Estado, “conforme a sus aspiraciones y objetivos” en el ámbito internacional, es libre de instituir y elegir las autoridades y personalidades que lo representen en el exterior.
 
En el mismo contexto cabe recordar aspectos históricos de interés, como son que Napoleón Bonaparte estableció en 1811, mediante Decreto, que un francés no podía ser acreditado como embajador de otro Estado en París. La Santa Sede ha tenido como procedimiento habitual que personalidades de nacionalidad extranjera la representen, pero no acepta la elección de un Cardenal para representar a un Estado ante ella. De especial significación es el hecho de que los italianos, en el Renacimiento, fueron los primeros en recurrir a emisarios profesionales, básicamente tomando en cuenta sus conocimientos, talento y experiencia en el área. Desde entonces, en este ejercicio, se considera como una habilidad esencial saber identificar adecuadamente el lugar y oportunidad de las acciones.
 
Cabe recordar, que en la actualidad los avances tecnológicos, al servicio de la acción diplomática, facilitan consistentemente el eficaz desarrollo de este ejercicio.
 
En el mismo contexto, fundamentándose en la Convención de Viena citada puede afirmarse  que el principio de la igualdad jurídica, incluso protocolar, entre los Estados, y las misiones diplomáticas, no impide que se otorgue a la Representación un coeficiente de valor como consecuencia del profesional desempeño del embajador, de la eficiente gestión de la Cancillería , del desarrollo y valores del Estado acreditante, y prominentemente, de las funciones que desempeña en la vida internacional y del prestigio del mandatario que envía al embajador.
 
Podría finalizarse con la frase, que en determinada forma guarda relación con el texto precedente, de Napoleón Bonaparte: “Sin la oportunidad la habilidad no genera resultados”. A lo que podría añadirse la advertencia de H. Balzac: “Ni siquiera una persona de prodigiosa imaginación podrá percibir que en las negociaciones (o procesos) el momento más peligroso es cuando todo marcha conforme a sus deseos”.
 
 
El autor es Premio Nacional de Didáctica y diplomático de carrera.
 
 
Relaciones diplomáticas y soberaníaUtilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
Ninguna obligación jurídica impone que un Estado soberano establezca -o deje de mantener- relaciones con otro. Le corresponde a cada Estado evaluar el interés que exista en ello. Tal decisión suele depender esencialmente de sus necesidades, de su capacidad de apertura al exterior, de su posición geográfica y de su actividad productora y comercial. Este privilegio ejercido por los Estados, actores primarios del sistema internacional, “se ejerce en igualdad de derechos y deberes” entre los interlocutores en cuestión (A. Plantey/O. Vizcarra).
Los organismos internacionales, lugar de encuentro entre países alejados que a veces se ignoran mutuamente, contribuyen a ensanchar la noción de relaciones diplomáticas, brindando canales originales a la comunicación entre gobiernos, y aceptando la participación de fuerzas y entidades diferentes a los Estados. En la actualidad, la ampliación universal del concepto europeo de Estado, entraña la generalización del modelo “clásico” de relaciones diplomáticas. Tradicionalmente los Estados eran los únicos que estaban facultados para establecer tales relaciones, pero en la actualidad su ámbito se ha ampliado y pueden ejercerla, igualmente, las organizaciones internacionales y “los movimientos de liberación reconocidos”(L. Ruiz Sánchez/A. Plantey).
Partiendo del interés recíproco y fundamentándose en el principio de la igualdad jurídica de los Estados, el establecimiento de relaciones diplomáticas se efectúa por consentimiento mutuo. Previamente los Estados involucrados deben haberse reconocido mutuamente y estar dotados del derecho a la autodeterminación que le confiere su soberanía.
La iniciativa para el establecimiento de relaciones diplomáticas corresponde a aquél que tiene mayor interés en establecerlas. Luego de establecido el acuerdo, se designarán los plenipotenciarios que firmarán la correspondiente Declaración Conjunta, en la que consta la determinación de ambos países de fortalecer los lazos de amistad y el desarrollo de la cooperación sobre el principio de la igualdad jurídica de los Estados, el respeto mutuo, la soberanía, la independencia política, la integridad territorial y la no injerencia en los asuntos internos, así como el nivel de dichas relaciones. Este documento se dará a la publicidad en ambos países. Como es sabido, este esencial vínculo de amistad, “con fines pacíficos”, facilita entre otras relevantes acciones, las negociaciones (en los diversos ámbitos) y el fomento de la cooperación. Asimismo, el establecimiento de relaciones diplomáticas es esencial para la obtención del correspondiente apoyo en las diversas ocasiones en que las naciones requieren el respaldo internacional.
  El establecimiento de relaciones diplomáticas supone el intercambio de misiones diplomáticas residentes.  Sin embargo, no lo determina necesariamente, puesto que el Derecho de Misión (clásicamente denominado de Legación) es facultativo en este sentido.  En estos casos habrá que tomar en cuenta la conveniencia de ese intercambio, básicamente en los órdenes: económico, político, jurídico pero también cultural, científico y tecnológico.  Incide en la decisión el principio de la reciprocidad. 
Una modalidad alternativa al envío de la misión diplomática permanente es el establecimiento de nexos que se acuerdan entre Estados a través de un jefe de misión concurrente, generalmente, con el rango de embajador. Este jefe de misión que está acreditado ante dos o más Estados, en la misma región, tiene su sede en aquél considerado idóneo para sus intereses por el país acreditante. Esta modalidad de relación bilateral es limitada, y sólo se justifica entre países cuyos intercambios exceden las posibilidades materiales que demandan las misiones residentes. Cabe recordar que en ocasiones las relaciones se desarrollan únicamente a través del contacto de sus respectivos representantes en la ONU.
En el marco jurídico internacional, conforme lo señala Pérez de Cuéllar  en su Manual de Derecho Diplomático: “El agente diplomático no representa a la persona del Jefe de Estado, ni al gobierno sino al Estado mismo por delegación de aquél”. Consonante con eso, la renuncia o fallecimiento del Jefe de Estado, así como el cambio de gobierno o de régimen político de cualquiera de los Estados que mantengan relaciones diplomáticas, no determina automáticamente el fin de la misión diplomática. No obstante, en los regímenes monárquicos al proclamarse un nuevo rey se requiere la renovación de credenciales de los embajadores. Con sus particularidades un procedimiento similar tiene lugar en la Santa Sede.
Sin duda, el cese de relaciones diplomáticas suele ser más grave que la negativa a establecerlas. Habitualmente la ruptura de relaciones diplomáticas es bilateral, si bien también existe la modalidad colectiva En ese contexto el cese de las relaciones diplomáticas será definitivo cuando sea la consecuencia de que uno de los países haya dejado de existir como Estado soberano. En cambio será temporal cuando es el resultado del derrocamiento del gobierno ante el cual estaba acreditado el jefe de misión y el Estado acreditante no reconoce el nuevo gobierno. Previo acuerdo de los gobiernos involucrados, en caso de cese o suspensión de relaciones entre dos países un tercer Estado amigo de ambos podrá encargarse de los intereses del país que retira su Misión. Si bien, en rigor, dependiendo de su nivel, el cese de relaciones diplomáticas no determina, necesariamente, el rompimiento de relaciones consulares
Finalmente, se podría concluir con una frase que tangencialmente guarda relación con el texto precedente, atribuida a Yasser Arafat que dice: “Se debe escoger con  sumo cuidado a los amigos. Los enemigos, en cambio, se ocuparán de escogerte a ti”. A lo que podría añadirse el aforismo que establece: “Quien ejerce su legítimo derecho a nadie ofende”.
 
 
 
El autor es Premio Nacional de Didáctica y diplomático de carrera.
 
 
Negociaciones en las relaciones internacionales Utilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
La búsqueda de una convergencia de intereses constituye el camino normal del compromiso y la conciliación. La voluntad de lograr y estabilizar tal entendido de voluntades se traslada desde los individuos hasta el Estado. La negociación en el ámbito de la diplomacia suele concebirse como un medio de explorar, confrontar y reconciliar posiciones en conflicto, con la finalidad de obtener un resultado satisfactorio, o arreglo aceptable, para las partes involucradas (C. de Icasa/A. Plantey).
En una fase, en determinada medida, evolucionada de la Sociedad Internacional es evidente que tiende a elaborar procedimientos de conciliación de intereses e igualmente de apaciguamiento y asimismo de prevención de conflictos de intereses y los enfrentamientos. A la negociación internacional le corresponde en consecuencia, garantizar la adecuación, o bien las sucesivas adecuaciones, de las relaciones entre los Estados. Son entendidos que en determinadas ocasiones deben materializarse al adquirir carácter de tratados (L. Lage/A. Plantey).
La negociación en el marco de la diplomacia, más que una esencial función de ésta, constituye una característica de la propia diplomacia y una de sus notas determinantes, puesto que el diplomático en el ejercicio de sus funciones, se debe valer de la negociación hasta para los menores asuntos. En tanto, afirma E. Vilariño, la actividad diplomática es negociación, por ser ésta el medio propio de actuación de la diplomacia.
A lo que el autor añade: “La negociación en el campo de la diplomacia no puede dejarse a la improvisación, requiere conocimientos, talento y experiencia, puesto que por su carácter, exige previsión y cálculo, debiendo tener un carácter prospectivo y sistemático”. La negociación diplomática es hoy la forma más importante de ejecutar la política exterior por medios pacíficos.
En ese sentido, es oportuno recordar la Ley del Servicio Exterior de México, en su “Exposición de Motivos”, que establece: “De cara al Siglo XXI la profesionalización del quehacer diplomático y consular es una necesidad fundamental en el complejo entorno de la sociedad global”. Generalmente, sostiene Carlos de Icasa, “la proyección internacional de un país corresponde a la calidad de su diplomacia, por lo que el fortalecimiento y profesionalización de los cuadros del Servicio Exterior son asuntos de interés nacional”.
“Es impresionante la medida en que los gobiernos dependen de los reportes (profesionalmente realizados) de sus agentes diplomáticos para poder formarse un juicio consistente sobre el carácter del liderazgo político en el Estado receptor. Ello es particularmente importante a la hora de las negociaciones”, e igualmente para planear las relaciones bilaterales (G.R. Berridge).
El experto negociador diplomático suele elaborar un plan estratégico global con su correspondiente cronograma, en el cual se tomarán en cuenta, afirma Luis Narváez, tres alternativas fundamentales: “la primera, que reduzca el mayor cúmulo de aspiraciones; otra que reproduzca al mínimo el piso de las demandas, y la tercera que se constituya en el punto de equilibrio de las pretensiones de cada una de las partes”. El plan estratégico, conforme lo señala J. Pérez de Cuéllar, debe incluir, entre otros importantes aspectos, no sólo la exposición y defensa de sus argumentos, sino también, para una eventual réplica, los argumentos de la contraparte, sin olvidar la influencia que puedan ejercer quienes sin ser contraparte tengan interés en ella y pueden interferir en sus resultados.
Previamente cada negociación requiere una evaluación cuidadosa basada en sus características propias. El análisis se inicia con la descripción minuciosa y puntual del asunto que motiva la negociación, a lo que se adicionan, con la debida precisión, los objetivos de la misma. El cálculo previsor y paciente es una de las virtudes del diplomático profesional. Este debe estar consciente de que puede negociar con personas de diferentes culturas y etnias, cuyos valores culturales pueden ser muy diferentes a los propios. En ese sentido, se debe estar atento en lo que concierne al debido respeto de su dignidad, y naturalmente al correspondiente respeto de la propia.
En el ámbito histórico, recuérdese que si bien desde el Siglo XV los Estados Italianos habían establecido “amplias y activas redes” de carácter comercial, que servían como medio de información y de acciones políticas, coinciden en señalar autores contemporáneos, fue Armand-Jean du Pleissis, Cardenal de Richelieu, el primer “Hombre de Estado” que comprendió que “las negociaciones entre soberanos debían concebirse como una actividad que requiere continuidad”, valiéndose de misiones residentes.
Cabe resaltar por último que la negociación, en la actualidad, se ha convertido en la técnica diplomática esencial para el fomento de los intereses nacionales. De igual manera se ha establecido como el primero y más efectivo de los medios para la solución pacífica de los conflictos internacionales.
Podría finalizarse con la frase, que en determinada forma guarda relación con el texto precedente, de Jens Thang: “El mayor peligro en las negociaciones no es fracasar, sino ser exitoso sin saber la razón de ello”. A lo que podría añadirse la observación respecto a las negociaciones de Charles Maurice Talleyrand de Perigord: “El principio esencial de la buena fe justifica la reserva, pero no autoriza el engaño”. Lo que en cierta medida armoniza con la célebre recomendación del Cardenal de Richelieu: “Negociar sin cesar en cualquier lugar, abierta o privadamente, aunque no se reciba un fruto inmediato. Es algo absolutamente necesario para el bien de los Estados”.
Alcances de la Misión Diplomática Hoy Utilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama
En la actualidad entre los Estados se desarrollan relaciones cada vez más densas e importantes, cuyo elemento principal debe seguir siendo una diplomacia en constante progresión. Hay que tener presente que cuanto más fluido, complejo e incierto sea el contexto exterior, más necesitará la diplomacia unas sólidas referencias conceptuales, jurídicas y éticas (R. Barston/A. Plantey).
 
La diplomacia como instrumento de ejecución de la política exterior, ha podido ir adaptando sus formas de actuación a los requerimientos de cada época, de acuerdo a un intenso y consistente proceso evolutivo, en el que se sustenta su eficacia en la actualidad.
 
Retrotrayéndonos a sus orígenes, salvo casos excepcionales, la diplomacia hasta el Renacimiento se presenta en forma ocasional, temporal y para asuntos concretos, es decir, era una diplomacia ad hoc. Esta forma de diplomacia está vigente aún, pero el envío de una misión especial, que es la forma como se suele ejercitar la diplomacia ad hoc, queda siempre sujeto al previo acuerdo aprobatorio del Estado que va a recibirla y sus funciones deben ser del mutuo acuerdo de los Estados involucrados. Las misiones especiales no están sujetas, como ocurre con las misiones diplomáticas permanentes, al establecimiento de relaciones diplomáticas, tal como lo señalan preceptos del Convenio de New York sobre Misiones Especiales.
 
Una forma muy antigua de diplomacia ad hoc, sin duda la de mayor nivel, está constituida por la celebración de encuentros de Jefes de Estado  para solucionar cuestiones políticas complejas (diplomacia directa o en la cumbre). Empero, nunca antes ésta se había realizado con la frecuencia actual y con la diversidad de motivaciones con que tiene lugar en las últimas décadas. Cabe destacar que en esas ejecutorias de mandatarios, la misión diplomática permanente tiene un importante rol: previo a la visita del mandatario en cuestión, le corresponde realizar las coordinaciones de lugar. Asimismo, durante el encuentro concederá el respectivo soporte y sobre todo su responsabilidad es fundamental al corresponderle el debido seguimiento a los resultados obtenidos en esos encuentros.
 
Es oportuno recordar que la misión diplomática permanente ha sido en los últimos siglos ("desde el Renacimiento") el medio habitual por excelencia para el desarrollo de las relaciones entre los Estados. Sus antecedentes datan de la primera mitad del siglo XV, cuando los Estados Italianos, especialmente Venecia, tienen la iniciativa de destinar enviados permanentes.
 
Actualmente el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados, que se efectúa por consentimiento mutuo, supone el intercambio de misiones diplomáticas residentes, aunque no lo determina necesariamente, puesto que el derecho de misión (clásicamente denominado de legación) es facultativo en este sentido.  En estos casos habrá que tomar en cuenta la conveniencia de ese intercambio en los diversos órdenes. Incide en la decisión el principio de la reciprocidad.
 
En esencia, para determinados autores, la misión diplomática permanente es hoy el conjunto de personas nombradas por el Estado acreditante para ejercer, bajo la autoridad de un jefe de misión, funciones de carácter diplomático con el auxilio de funcionarios técnicos y administrativos en el territorio del Estado receptor. Esta socorrida definición ubica a la misión diplomática en la diplomacia bilateral, sin tomar en cuenta la importancia de la misión en sí misma.
 
La misión diplomática permanente posee privilegios propios distintos de los que se les reconocen a los miembros del personal que la integra. Su creación es el resultado de un procedimiento diferente del seguido para el nombramiento y acreditación de los agentes diplomáticos, empero están íntimamente relacionados. Asimismo, tiene características y hasta derechos propios consagrados en el Convenio (o Convención) de Viena sobre Relaciones Diplomáticas.
 
Respecto al concepto contemporáneo de misión diplomática permanente, es preciso poder contar con una definición de pleno contenido, que pudiera ser válida tanto para las embajadas que intercambian los Estados, como también para las delegaciones (o misiones) permanentes, establecidas por un Estado ante un organismo internacional. Por tanto, sería más adecuado conceptualizar la misión diplomática como "el órgano de un sujeto de derecho internacional encargado de asegurar las relaciones diplomáticas de aquel sujeto" (P. Cahier).
 
Conforme a requerimientos contemporáneos, las funciones que tienen una alta complejidad exigen una formación muy específica, tal es el caso del ejercicio profesional de la diplomacia, que rec lama la exclusividad de desempeño, es decir un personal estable y permanente, y como corolario, la profesionalización y en consecuencia el establecimiento o institucionalización de una carrera diplomática con el respectivo rigor, que debe partir de la sólida formación multidisciplinar requerida, incluyendo prominentemente la concerniente al comercio y negociaciones internacionales.
 
Téngase presente que en este ejercicio es esencial contar con una "visión" clara y debidamente fundamentada del "entorno internacional actual" y del propio país. Evidentemente, la eficiencia exige especialización y constantes actualizaciones de los conocimientos. Asimismo, la formación y experiencia que un funcionario va acumulando a lo largo de esta carrera constituye una inversión del Estado y son valores cuyo reconocimiento debe prevalecer en toda lógica institucional, con fructíferos propósitos.
 
Sólo así la diplomacia podrá garantizar efectivamente que el respectivo país pueda aprovechar, convenientemente, las oportunidades que plantea "el entorno internacional" e igualmente, pueda prevenir o enfrentar adecuadamente los riesgos o amenazas que pudieran presentarse en el marco de la política internacional.
 
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El autor es Premio Nacional de Didáctica y Diplomático de carrera.
Desafíos de la Diplomacia Ad Hoc hoyUtilizar Mayús+Entrar para abrir el menú (nueva ventana)
Manuel Morales Lama

En la dinámica de la actividad diplomática contemporánea es evidente la utilización constante y simultánea de una diversidad de formas procurando la mayor idoneidad de cada una de ellas, según el objetivo a alcanzar y las circunstancias concretas en que se deba actuar, generando una continuidad y flexibilidad "de amplio espectro", conforme a la eficacia y consistencia que requieren actualmente las acciones exteriores de los respectivos Estados y al correspondiente manejo profesional que exigen hoy las relaciones internacionales (E. Vilariño/ R. Barston).
En ese sentido cabe recordar que se ha convenido en denominar misión especial a la representación de temporalidad limitada que un Estado acredita ante otro para un cometido preciso o bien para tratar un determinado asunto. Asimismo, con el propósito de reconocerles un particular carácter, las acciones que corresponden a tales misiones suelen enmarcarse en el ámbito de la diplomacia ad hoc.
Como se había señalado en trabajos anteriores, esta forma de diplomacia era la única existente antes del nacimiento de las representaciones diplomáticas permanentes en el Siglo XV. Hasta entonces la diplomacia sólo se utilizaba para resolver pacíficamente conflictos determinados, para dar solución a un asunto de interés común o también para negociar la paz.
Sin embargo, el término "diplomacia ad hoc", usado actualmente para referirse a esa antigua modalidad de diplomacia, fue utilizado por primera vez, muchos años después, por la Comisión de Derecho Internacional de las Naciones Unidas y particularmente en los debates de la VI Comisión de la Asamblea General de la ONU. En ese contexto, la Comisión de Derecho Internacional de la ONU distinguió dentro de la diplomacia ad hoc tres categorías: delegados en las conferencias internacionales, enviados itinerantes (con responsabilidad en varios países) y las misiones especiales (P. Cahier).
Evidentemente, la diplomacia ad hoc se ha redimensionado en las últimas décadas, por lo que ha sido reglamentada internacionalmente en lo concerniente a las misiones especiales. Con esa finalidad se concertó el Convenio de New York sobre Misiones Especiales, que entró en vigor en 1985.
Empero, este instrumento jurídico internacional no regula todas las formas de ejecución de la diplomacia ad hoc. Su ámbito de aplicación, como se había indicado, se circunscribe a las misiones especiales en la diplomacia bilateral, quedando excluidas otras formas de ejecución, como las delegaciones de temporalidad limitada en las relaciones multilaterales. El referido Convenio tampoco regula las ejecutorias de los mandatarios en el campo de la diplomacia directa (o en la cumbre). Sin embargo, no es infrecuente que los mandatarios y cancilleres encabecen una misión especial, y así lo reconoce el citado Convenio, que, igualmente, será aplicable con propiedad en estos casos. (M. Diez De Velasco Vallejo /E. Vilariños).
Al frente de la misión especial estará un alto funcionario o un diplomático en ejercicio, quienes realizarán esta labor con su propio cargo, o también podrán ser designados, temporalmente, con una de las categorías que corresponden a jefes de misiones especiales, como son la de embajador extraordinario en misión especial y la de embajador At large; sólo en el caso de que su labor incluya dos o más Estados, podrá designársele embajador itinerante.
Es oportuno señalar que los miembros de las misiones especiales deben tener la nacionalidad del Estado que los envía, salvo que medie un acuerdo que permita otras opciones. Suelen formar parte de esas misiones especiales funcionarios acreditados en misiones permanentes en el Estado receptor.
El país receptor podrá negarse a aceptar una misión cuyo número de integrantes considere excesivo, y objetar, de igual manera la inclusión de alguna persona en la misma, sin tener que explicar tal decisión. Recuérdese, asimismo, que a menos que se haya acordado previamente, los miembros de esas misiones están impedidos de ejercer en el Estado receptor actividades comerciales o profesionales en provecho propio (Art. 48 del citado Convenio). En tal sentido, el Estado receptor está facultado para declarar persona "non grata" o persona "no aceptable", conforme a su categoría, a cualquiera de los miembros del personal de la misión, en cualquier momento, incluso antes de su llegada al territorio del Estado receptor.
Téngase en cuenta, que si bien en ciertas ocasiones, podría ser muy útil, e incluso hasta determinante, que el jefe de la misión especial sea un amigo cercano o tenga estrechos nexos (políticos o de otra naturaleza) con el jefe de Estado o de gobierno del país receptor, no suele ocurrir lo mismo con el jefe de misión permanente ( embajador extraordinario y plenipotenciario, generalmente). Su labor persistente en el tiempo al frente de una Embajada, particularmente en lo concerniente a la indelegable firmeza en la defensa de los intereses de la nación que representa, podría producir al funcionario con el perfil citado, un conflicto de intereses. El solo hecho de que el país que representa pudiera tener en algún momento intereses diferentes o encontrados (o contrapuestos) con los del Estado receptor, motiva tal preocupación esencial.
Cabe señalar, finalmente, que se considera que la misión especial ha terminado, en los casos en que medie un acuerdo en ese sentido, y también por realización del cometido o expiración del plazo convenido, así como por notificación del Estado que envía o del Estado receptor.
 
EL AUTOR ES PREMIO NACIONAL DE DIDÁCTICA
 Y DIPLOMÁTICO DE CARRERA

 
 
 
PUNTOS DE VISTA 15 Octubre 2010, 12:20 AM